Transfăgărăşan: una carretera (única) testimonio de delirios del pasado

lago balea y bajada transfagarasan

En ocasiones los delirios de grandeza y paranoias de dictadores como Nicolae Ceaușescu, líder socialista de Rumanía entre 1967 y 1989 (cuando lo ejecutaron), dejan una herencia tan valiosa como lo es la carretera que centra este artículo del blog: la Transfăgărăşan.

Podríamos contaros los números de esta carretera: sus 90km, los 27 puentes…pero os vamos a contar nuestra experiencia completa, que se divide en 2 días. Pero antes, un poco de historia.

La historia de Transfăgărăşan

Como os decíamos, la carretera de Transfăgărăşan es el testimonio de otros tiempos que han quedado atrás. En 1970, por orden del líder de la República Socialista de Rumanía, Ceaușescu, se empieza la construcción de una carretera única, y que responde a miedos y paranoias del momento.

Era reciente la invasión soviética en la Checoslovaquia (1968). Rumanía y sus relaciones exteriores se encontraban en un punto de tensión tanto con la URSS como con su otro vecino, por el oeste, Hungría. Como vemos en el mapa inferior, la barrera de los Cárpatos divide Rumanía entre la zona norte de Transilvania, mientras que en el sur queda Wallachia. Podéis toquetear el mapa:

Esta barrera era un problema para Ceaușescu: sus vecinos, presumiblemente poco contentos, se encontraban al norte de la barrera montañosa de los Cárpatos y en caso de invasión, tal vez sus tropas, abundantes en el sur, llegarían tarde.

La solución, lejos de políticas internacionales, construir en nada menos que 4 años los 90 kilómetros de desafiante carretera que atraviesan el obstáculo montañoso para permitir el rápido acceso de las tropas en caso de invasión. La construyeron soldados, entre los que se cuentan (sin demasiada certeza) más de 40 muertos en explosiones de dinamita, avalanchas…

Con todo, la invasión nunca llegó, pero nos queda para el recuerdo y para disfrutarla una carretera fruto de la locura de otros tiempos.

Into the carretera

Vamos a la parte de nuestra experiencia. Veníamos de una corta pero intensa noche en los bares de Bucarest y una visita express a la capital rumana, que se alargó hasta mediodía.

Olaf tomó los mandos de nuestro flamante Ford Fiesta y empezamos nuestra ruta desde la base de coches de alquiler de nuestra compañía, cerca del aeropuerto, en dirección a Transfăgărăşan . A los 5 minutos ya habíamos parado en el supermercado para hacernos con una cerveza y algo de comida para el viaje.

Entre galletitas de queso y eructos sabor chorizo, llegamos sin pena ni gloria a Pitesti, punto donde podríamos decir que el paisaje vira del aburrido llano para entrar en un terreno montañoso con vistas a la carretera ansiada de Transfăgărăşan.

Vaciando las vejigas justo antes de empezar con las curvas, para vivir al máximo la experiencia.

Cuando la carretera se empieza a llenar de personas, perros, vacas que transitan los (ausentes) arcenes, y los carros empiezan a ganar protagonismo, sabemos que estamos llegando al punto que queríamos.

llegando a pie de transfagarasan
Un señor acompaña a su vaca tripuda. Era habitual que ellos caminasen por la parte más interna de la carretera, protegiendo al animal con su cuerpo, y poniéndonos de los nervios a nosotros. Tuvimos que encajar piezas para cruzarnos con coches mientras adelantábamos vacas y humanos.

Otoño resultó ser una fecha maravillosa para recorrer el asfalto de la Transfăgărăşan: una paleta de colores única regalo de los bosques de la zona.

La carretera empieza recorrer cada vez un valle más estrecho, con profundos cortes a los lados del río. El desnivel es cada vez más notable, hasta que de repente, llegamos a la presa de Vidraru, con más de 300 metros de largo y una caída de 165m a nuestra derecha.

Esta carretera es para hacerla sin prisa. Slow travel. Paremos a ver cada detalle. Aquí el detalle de los 300 metros de presa.

En su momento fue una de las presas más grandes de Europa y del mundo, cuando se terminó de construir a finales de los 60. Ahora, sigue albergando hasta 465 millones de metros cúbicos de agua que, en caso de fallida de la presa, inundarían muchas ciudades. Pero para evitarlo, ingenieros rumanos colocaron cargas de dinamita en las partes más estrechas del congosto que provocarían un derrumbe y la construcción natural de una presa nueva, para salir del paso, claro.

Pablo afilaba su bíceps para sacar la mejor perspectiva del embalse Vidraru. Al fondo, los montes más altos de los Cárpatos, hacia donde nos dirigíamos.

Llegados a este punto estábamos eufóricos y nerviosos. Ante el panorama que se nos presentaba enfrente, el sol estaba demasiado bajo y tal vez nos privara de algunas maravillosas vistas. Sin embargo, preferimos apelar a la tranquilidad y reemprender nuestra ruta hacia Vila Balea sin excesiva prisa.

A partir de este punto la pendiente desaparece prácticamente del todo para bordear el embalse en un terreno llano en el que las primeras sorpresas vendrían en forma de zorros: a casi cada curva aparecía uno. Parece que bastante acostumbrados a la presencia de personas, incluso alguno de ellos parecía exigirnos que le diésemos los restos de nuestras galletas, a lo que accedimos a regañadientes.

Olaf susurrando a nuestro zorro. Pese a demostrar grandes dotes en el arte del cortejo, no consiguió acariciarlo.

La noche se hacía cada vez más presente, aunque no era problema para que detuviésemos el coche en caso de ser estrictamente necesario. Un cartel de “peligro, osos” era suficiente para tirar del freno de mano y estacionar el coche previo trompo en alguna cuneta de la carretera. La posibilidad de que en cualquier momento apareciese un oso me hizo entender por primera vez eso de “mear y no echar gota”.

El sonido del bosque era mágico, su humedad, setas…dos pasos servían para alejarte de la carretera y sumirse en tierras salvajes. Momento en el que corríamos de vuelta al coche, un ruido en el bosque nos acojonó y seguimos con la ruta.

Tras un puñado más de curvas, zorros, sombras y una noche del todo asentada, llegamos a Vila Balea, donde pasamos la noche.

Vila Balea

Se trata de un hotel muy acogedor en medio de la nada. Apenas sus luces automáticas denotan la presencia de este hotel de madera muy bien integrado en el bosque de abetos que, a estas alturas, abundan.

Con sólo 4 grados de temperatura aparcamos el coche y nos dirigimos a nuestras habitaciones: muy rústicas, limpias y sin lujos. Lo mejor del sitio, además del entorno, la amabilidad de su regente. Este agente de policía en periodo de paternidad (en Rumanía el padre puede disponer de 2 años de paternidad, si, nos creemos la leche, pero no), lleva a cabo la mayor parte de las tareas del hotel: caza los alimentos que sirve y gestiona el hotel, que nos cuenta que lo tiene lleno todo el año gracias a las políticas de precio que impone, mucho más asequible que sus vecinos del Lago Balea.

Cena sin freno de mano. Como en otros alojamientos, nos intentan abrir el apetito con el licor casero: Palinka.

Cenamos copiosamente trucha de los lagos glaciares que rodean la casa, ciervo guisado procedente de los bosques cercanos y otras comidas rumanas donde nos encanta destacar el Mamaliga Cubrenza Smantana.



Booking.com

Tras cenar, hablamos largo y tendido con el regente del hotel. Nos habla de su vida, de sus 2 años de paternidad y como lo combina con el hotel, de la política del país y de la zona. Los osos llevan buena parte de la noche en nuestras cabezas, y nos apetece salir a dar una vuelta bajo las estrellas. Nos asegura que muchas veces acuden a las cercanías del hotel, pero las luces automáticas los ahuyentan. Que si caminamos hablando alto, no hay problema.

No sin miedo salimos a dar una vuelta. Con el corazón a mil por hora, pocos cielos como ese hemos podido contemplar en nuestras vidas. Sin embargo, la noche, la absoluta oscuridad y la presencia entre los árboles bastan para que, en apenas 300 metros, alguien sugiera volver. Ni acabar la frase le dejamos y volvemos apretando el paso. Creo que los osos nos escuchaban a 8 kilómetros de distancia de lo fuerte que íbamos hablando.

Culminando la subida al Transfăgărăşan

El día siguiente amanecimos como niños en día de Reyes, esperando ver que nos deparaba la ventana. Como niños pero ya mayores y con la resaca de una intensa cena la noche anterior. Y del Palinka.

despertar en vila balea
BUENOS DÍAS. En mayúsculas. Despertar con esta vista desde la terraza no tiene precio.

El viento soplaba fuerte, pero no pudimos más que desayunar y coger el coche para seguir con la ruta. Las vistas lo merecían.

Festival de colores en la subida del puerto, ya superando los 1.500 metros.

Hacia arriba, las vistas nos daban otros colores.

Nuestro Ford Fiesta aguardaba paciente las labores de fotografía de Olaf, encallado a la hora de hacer una foto automática. Nos vigilan desde el fondo picos que superan los 2.000 metros.

A partir de este momento las curvas empiezan a cerrarse y el paisaje se abre: la densidad del bosque va bajando y va dejando paso a un paisaje más lunar, ahora cubierto por una densa capa de nieve pese a que estamos a mitad de octubre.

Intentamos una pirueta fotográfica sin éxito. La foto, nos la echa una chica rumana que, como nos ocurriese tantas veces en el viaje, hablaba perfecto español.

Finalmente, alcanzamos los 2.000 metros de altura, y antes de entrar en el túnel que une las dos vertientes, la que daba tranquilidad a Ceausescu, nos recreamos con las vistas que tenemos ante nosotros.

El valle que hemos ascendido es preludio de lo que encontraremos al otro lado del túnel.

Cabe recordar que en estas fechas la carretera permanece abierta, pero es frecuente que a partir de noviembre y hasta junio el túnel que une ambas vertientes se cierre al tráfico, y que las nevadas imposibiliten el acceso a partir de determinadas alturas de la carretera.

Lago Balea

Es cruzar el túnel y aumentar nuestro grado de asombro.

El Lago Balea y su hotel nos dan la bienvenida nada más atravesar el túnel que da acceso a Transilvania.

La nevada es mucho más imponente, como pronosticábamos mientras subíamos el puerto, en la vertiente norte. El lago le da un toque único al lugar, que empieza a verse atestado de coches. Aparcamos el nuestro no sin miedo a precipitarlo al lago y empezamos a caminar por la carretera hasta el hotel.

Con cada paso que damos vemos que la capa de nieve es de unos 30 centímetros. Esto complica nuestras intenciones de hacer alguna cima cercana. De hecho, aunque no era el objetivo, es en esta zona donde se encuentran los picos más altos del país, con el Moldoveanu a la cabeza y con sus más de 2.500 metros.

Sin embargo, tras algunas vacilaciones, dejamos nuestros más de 30 años a las espaldas para volver a la pasión de años atrás y empezar a subir montaña arriba allá por donde hubo un sendero y que ahora solamente podemos seguir por las huellas en la nieve. Sin miedo. A base de impulsos.

Unas huellas que se van profundizando y que por momentos nos entierran hasta la cintura. Pero ni siquiera nuestras poco adecuadas zapatillas, pantalones o abrigo nos detienen. Encaramos un canal repleto de nieve y con buen desnivel para llegar a un collado, que, ha valido la pena.

Desde el collado al que hemos ascendido podemos ver el lago al fondo, el valle glaciar y los integrantes de la expedición.

Nos recreamos de las vistas desde arriba mientras Olaf intenta hacer entrar en calor sus maltrechos pies. Le proponemos miccionar sobre sus pies pero lo rechaza, todavía no está tan mal, o prefiere perder los dedos. Al sol, y a una temperatura bajo cero, entramos en calor y tomamos las últimas fotos arriba para encarar la bajada. Una bajada divertida y entre revolcones.

El viento peina la nieve y nos permite recuperar el aliento. Olaf trata desesperadamente recuperar el tacto en sus pies.

Una vez abajo, recuperamos fuerzas en las paradas de comida ambulante, con carnes de la zona que bien valen la pena y están, junto con los quesos locales, a un precio de unos 40 o 45 ron el kilo.

Reponemos fuerzas con un bocado rápido en estos fast food de alta montaña. Longaniza de ciervo, queso ahumado…un gustazo.

Tras el esfuerzo de comernos estas bombas calóricas, volvemos a por nuestro coche que conseguimos sacar del hielo y nos lanzamos a bajar la parte más agreste del puerto, y la que nos deja mejores vistas sobre las eses de la carretera.

lago balea y bajada transfagarasan
Esta toma desde la parte alta de Balea Lac nos permite ver las numerosas curvas de la carretera. Una bajada que hacemos casi en primera, medio disfrutando del descenso, medio añorando a cada metro lo que estamos dejando atrás.

Finalmente, desaparecemos por el final de esa “U” forjada por glaciares en otro tiempo, volvemos al verde, a los colores del otoño, la temperatura sube y al cabo de tres cuartos de hora de una carretera sin comparación paramos a comer. Luego llegaremos a Sibiu, pero esto os lo contaremos en otra entrada.

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Marenyà
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Marenyà

Ambientólogo frustrado y reconvertido al marketing online. Me gusta viajar, escuchar a los Planetas incluso estando contento, comer nocilla y pan bimbo y otras cosas más. Ah, y viajar.
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